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Vidas en juego

  • Foto del escritor: Fatima Naomi Cabezas Villanueva
    Fatima Naomi Cabezas Villanueva
  • 10 jul 2025
  • 4 Min. de lectura

El juego en línea se expande entre adolescentes. Psicólogos y afectados alertan sobre sus consecuencias psicológicas y sociales.

Un apostador recurrente observa con angustia su celular en una casa de apuestas deportivas. Imagen: Inteligencia Artificial.
Un apostador recurrente observa con angustia su celular en una casa de apuestas deportivas. Imagen: Inteligencia Artificial.

La salud no es solo estar libres de enfermedades, sino estar sanos en cuerpo, mente y espíritu.”

Mahatma Gandhi. Por Fatima Cabezas Villanueva

La ludopatía no aparece de golpe. Al principio es solo un juego, una apuesta de cinco soles o un par de giros a la ruleta. Luego, se vuelve una necesidad diaria, un impulso que no se detiene, se convierte en una rutina que consume horas, ahorros y hasta la salud mental. La emoción inicial se vuelve un impulso. Y si se pierde, se apuesta más, con la esperanza de recuperar lo perdido. A esto se le llama, según los psicólogos, “efecto de persecución de la pérdida”, ya no se juega para ganar, se juega para dejar de perder. El curso de  Redacción Multiplataforma II de la Universidad Jaime Bausate y Meza logró  conversar con psicólogo clínico Antoni Almonacid, y con un ex jugador recurrente, sobre la adicción al juego como un fenómeno que afecta no solo al enfermo, si no que puede arrastrar a su círculo más cercano a un ambiente de tensión constante, rupturas familiares y pérdida de confianza. Detrás del juego: la ludopatía y su impacto en la salud mental

El Licenciado Almonacid, certifica que esta dependencia genera una alteración en el sistema de recompensas del cerebro. “Usualmente, como en toda adicción, se genera una sensación de insatisfacción ante otros estímulos, dado que el sistema de recompensas está alterado”, explica.


Lo normal es que, ante un estímulo gratificante, el cerebro libere cierta cantidad de dopamina que se puede procesar sin alterar el cerebro, pero en el caso de la persona adicta, necesita cantidades más grandes para alcanzar este placer, por lo cual busca apostar en mayores cantidades y con mayor riesgo.


La ludopatía suele convivir con otros desórdenes mentales, lo que complica aún más su tratamiento. “Existe comorbilidad con algunos trastornos como es el caso de la ansiedad o depresión. Personas que suelen ser adictas al juego también pueden presentar este tipo de problemas”, mencionó.


Ante este panorama, insiste en la necesidad urgente de campañas de prevención que adviertan las consecuencias del juego desmedido. Propone reforzar el impacto de los mensajes desde lo gráfico y lo emocional. La prevención debe conmover e incomodar.


Aun así, no todo es pesimismo. Aclara que con el tratamiento adecuado y un entorno que brinde apoyo real, la recuperación es posible. Aunque reconoce que “siempre existe el riesgo de una recaída”. La lucha contra la ludopatía, no depende solo del individuo, sino de una sociedad capaz de comprender que esta es una adicción como cualquier otra. Perder  o perder 


Prefirió no revelar su nombre, pero decidió contar su historia. Dice que ya no le avergüenza, aunque vive parte de sus consecuencias. A través de sus palabras, intenta advertir a otros lo que él no supo ver a tiempo: que el juego no siempre es juego.


A los 15 años inició, lo que luego se convertiría en una adicción con graves consecuencias. “Todo empezó con la necesidad de conseguir dinero fácil. Me creía especialista en fútbol”, confiesa. Impulsado por quien consideraba su mejor amigo ingresó en el mundo de las apuestas en línea.  Ver que tenía casi 10 mil dólares en su cuenta, lo llevó a  pensar que él también podría lograrlo. Era menor de edad, pero eso no fue un inconveniente. Tomó el nombre de su madre para comenzar su aventura. Solo le costó un par de fotografías y tomar a escondidas el documento de identidad que usaría para verificar la primera cuenta web donde jugó.Con el tiempo, la emoción del juego se transformó en una necesidad. “Es como las drogas, te pones ansioso si no estás apostando”, comentó.

Para conseguir dinero, llegó a pedir prestado y hasta a vender sus pertenencias. Su situación llegó al límite cuando pidió dinero a prestamistas informales conocidos como “los colombianos”, para pagar una deuda universitaria. La desesperación lo llevó incluso a robar en su propia casa. “Me botaron, comencé a mendigar comida, casa y dinero”.

Tuvo que mudarse a Huacho porque su vida corría peligro. “Me estaban buscando para matarme si no pagaba”. El préstamo que hizo, creció y no tuvo como sostenerse, apenas tenía para sobrevivir y aun lo que tenía  apostaba.


Su reencuentro con la familia fue clave para salir adelante. Quisieron ayudarlo, pero la situación se les escapó de las manos. Lo enviaron a provincia, porque en Lima no solo era probable que continuara con la misma vida, sino que la perdiera por completo.


En conjunto ambas voces reafirman que la ludopatía es un problema social cada vez más presente en nuestra sociedad. Se camufla en la competitividad y en la distorsión del amor a un equipo o deporte.


La ludopatía no distingue edad. Lo que comienza como un juego inocente puede escalar hasta convertirse en una adicción destructiva. Prevenir y acompañar es la clave para evitar que más jóvenes apuesten su vida sin saberlo.



 
 
 

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